“…tú
ves bien que yo, siendo el mismo, soy, sin embargo, otro… Desde entonces las
cosas siguen siendo para mí las mismas, pero las veo con otro sentimiento.”
(Miguel de Unamuno, “El que se enterró”, Relatos de Unamuno 72)
En clase esta semana hablamos
mucho de la identidad. ¿Quién soy yo? y ¿cómo sé que soy yo? Éstas son
preguntas que nos hacen los cuentos de Unamuno. Ya que hemos tratado de definer
la identidad y averiguar de dónde surge, siento que debo dar también mis
pensamientos en cuanto a este tema importante.
El profesor Mack a menudo
cita el foro dado por Michael Wesch al principio de este semestre, que se llama
“The End of Wonder in the Age of Whatever.” A mí también me gustó mucho este
foro. Hay una parte en particular que desde entonces ha quedado conmigo. El
señor Wesch habla de un viaje en que fue a Nueva Guinea, y cuenta sus
experiencias allá.
(Sólo escuche de 13:25 a 14:30)
Cuando oí esto por primera
vez, era muy profundo para mí. El señor Wesch dice que nuestra identidad se nos
refleja a nosotros, que no es algo inherente. No pienso que esté de acuerdo con
todo lo que dice—sí creo que, por lo menos, una parte de nuestra identidad no
se nos puede quitar—pero tiene mucho sentido. Ciertamente creo que las
influencias externas nos ayudan a formar el concepto de nosotros mismos. Mi
identidad se depende de las personas con quienes estoy. Mi familia me ve de una
manera, mientras mi novia me ve de otra. Es igual con mis amigos, mis
profesores, y los que enseñé en la misión. En parte, el concepto que tengo de
mí mismo y la manera en que actúo son determinados por ellos.
Un ejemplo magnífico de esta
idea se encuentra en Les Miserables. Al
principio de la obra, Jean Valjean tiene una experiencia que cambia su concepto
de sí mismo para siempre y le ofrece una vida nueva. Y todo esto pasa a causa
del amor que un clérigo le mostró.
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