“Yo
no soy yo. / Soy éste… / el que quedará en pie cuando yo muera.”
(Juan Ramón Jiménez, Proverbios y cantares: XXIX, Aproximaciones 214)
Hablamos en clase el lunes de
la voz literaria. Cuando yo leí este poema, pensaba que el autor estaba
escribiendo acerca del alma, pero creo que tiene más sentido lo que dijo el
profesor substituto.
Cuando leemos la obra de un
autor, no estamos escuchando la voz del autor, sino la voz literaria. Son voces
distintas. Aunque podemos aprender mucho del autor a través de sus escritos,
nuestra experiencia sería diferente si habláramos con él personalmente. Lo
conoceríamos en una manera muy diferente.
Hay personas que creen que el
arte—sea la poesía, el arte visual, o la música—puede concederles la
inmortalidad…
Como este hombre :)
(Mira sólo 14:30 a 15:00)
El problema es que la
inmortalidad dada por el arte no es la inmortalidad del autor, sino del arte
mismo. Es casi imposible realmente conocer a una persona por lo que se escribe
de ella, aun si la persona es la escritora. Me gustan las líneas del poema de
Jiménez que dicen “El que calla, sereno, cuando hablo, / el que perdona, dulce,
cuando odio.” Estas líneas me hicieron pensar de mi propio diario. Trato de
expresarme honestamente cuando escribo en mi diario, pero hay cosas que
simplemente nunca voy a escribir. Todos queremos pensar lo mejor de nosotros
mismos, y todos tenemos nuestras propias opiniones y perspectivas. No somos muy
objetivos y, por eso, la pura verdad muchas veces se esconde cuando escribimos.
Tal vez, como sugiere Jiménez, escribimos (o hablamos) bien de alguien cuando
en realidad no tenemos sentimientos muy amigables para con esa persona.
La voz literaria tiene
aplicación más allá que el arte también. Hasta los historiadores, aun cuando tratan
de escribir objetivamente, tienen parcialidad y prejuicio. Si tal no fuera el
caso, pienso que no tendríamos tantas opiniones fuertes acera de figuras
históricas. En el fin, personas son humanos, y todos tienen atributos buenos y
malos, igual como el resto de la humanidad. Pero cuando uno escribe de
alguien—sea sí mismo u otra persona—crea una imagen en la mente de los lectores
y, si es muy convicente, esa imagen puede llegar a ser una leyenda.
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